Hablo con Mireia y ella me escucha. Mireia me habla y yo la escucho con mucha atención. Nos hablamos. Nos escuchamos. Siempre presente.
No he dejado de hablar con ella ni un solo día, como casi solíamos hacer cuando Mireia vivía. Y ella no ha dejado de hablarme, aconsejarme, ayudarme, darme fuerzas y positividad. Es verdad que no recuerdo su última palabra antes de que la entubaran. Es verdad que no he podido ni ver un vídeo ni oír su voz en alguna de las múltiples grabaciones que tengo. No estoy preparado para eso y esto me duele por partida doble. Por no tener valor para hacerlo y porque echo mucho de menos esa voz tan dulce. Pero nos hablamos.
La primera vez que hablé de esta manera con Mireia fue ese 28 de septiembre del 2015 a solas, los dos, en la sala del tanatorio, sobre las 9,15.
- Mireia cariño, te quiero mucho. Te voy a echar mucho de menos. ¿Qué voy a hacer sin ti? ¿Qué vamos a hacer sin ti mami, los yayos, los tíos, los tatos, tus amigos...todos? ¡Qué vamos a hacer! Mireia, te quiero mucho. !Te quiero mucho, nunca lo olvides!
Y ella me respondió con esa sonrisa eterna
- Papi, tranquilo. Y levantando el pulgar, está todo ok. Te quiero. Os quiero. Estaré siempre.
Y desde entonces no he dejado de hablar con Mireia. Nos contamos las cosas que nos pasan. Reímos. Cantamos. Lloramos. Hablamos. Nos queremos. Nos mandamos besos. Y hablamos en cualquier lugar, en casa, en el coche, en el hotel, en el cementerio, en los sueños, en la cama, en el sofá, en el pádel...en cualquier lugar.
Hablo con mi hija. Hablo con Mireia. Y Mireia habla conmigo.
Hablamos de diferentes formas. Yo casi siempre con palabras, en voz alta o en pensamiento. Y Mireia me habla de miles de formas, con sus palabras que yo escucho en mi cabeza, con sus ya típicas "collejas de papi espabila", o con cada cosa que me sucede y muchas veces a través de la música. Parece que la música, las canciones, estuvieran escritas para que Mireia y yo habláramos.
Mireia y yo nos hablamos. Mireia y yo nos escuchamos.
#MireiaTeQuiero
lunes, 27 de febrero de 2017
lunes, 23 de enero de 2017
Las collejas de Mireia
Siempre he dicho que Mireia me ha enseñado a vivir y que me ha ayudado a ser la persona en la que me he convertido. Siempre me he declarado fan de mi hija.
Queremos que los hijos sean mejores que nosotros y nos esforzamos en ser su modelo a seguir. Y ellos, nuestros peques, nos imitan y quieren ser de mayores como papá o como mamá. Somos sus superhéroes y nosotros, como padres orgullosos, sacamos pecho de sus actos, de lo buenos que son estudiando, o de como juegan al fútbol o bailan o como cuentan un chiste o una poesía... Los colgamos en redes sociales o mandamos un WhatsApp o les hacemos hacer sus "monadas" en las cenas de familia o amigos.
Todo eso está bien, pero creo que nos quedamos cortos. Muy cortos y no vemos en nuestros hijos todo lo que pueden ofrecernos y enseñarnos. Nos olvidamos de aprender de su inocencia, de sus ganas de vivir, de sus risas continuas, de su bondad, de su felicidad, de relativizar casi todo, de ser verdaderos amigos y decirse las cosas como son, de su sinceridad, de sus gestos, de sus juegos, de su energía infinita, de sus enfados de solo un minuto... No aprendemos de esos besos que nos dan sin ningún motivo. ¡Qué pocos besos damos sin venir a cuento y sin motivo! No aprendemos de esos "te quiero papi" "te quiero mami" que nos dicen porque si. ¡Qué pocos te quiero decimos!
Yo era fan de mi hija. Yo era fan de Mireia pero no me fijaba en esos detalles. No me fijaba en esas enseñanzas que me daba. Y ha tenido que ser desde que el "puto bicho" la mató para darme cuenta de las enseñanzas que Mireia me estaba dando. Ahora me estoy dando cuenta de ello. Mireia, además de ser mi hija, mi niña, era una persona que me transmitía sentimientos y enseñanzas que sin darme cuenta iban calando en mi personalidad. Mireia me ha hecho ser la persona en la que me he convertido.
Mireia era feliz. Yo era feliz. Ahora no lo soy. No puedo serlo porque me falta mi motor. Sin embargo, Mireia me ayuda a seguir adelante. Cuando tengo mis momentos de bajón, que son muchos, y no sólo en las fechas señaladas, noto la colleja de Mireia.
Cada día de mi vida hay un hueco, un vacío, que me hace estar triste, solo, sin ganas de nada y Mireia me da esa colleja para que espabile. Esa colleja es una canción, una imagen, un recuerdo, o una acción o acto de muestra de cariño de toda esta gente maravillosa que me rodeáis.
Estas collejas es lo que Mireia, con su bondad, hacía cuando estaba viva. Si yo tenía un mal día, mal humor, triste, cansado...Mireia se me acercaba y me daba un besito (sabían a gloria) o bien me decía "papi, te quiero". Y con su sonrisa contagiosa, con esos ojazos llenos de amor e inocencia era un chute de energía. ¡Arriba y a por todo!
Esas muestras de amor hoy son sus collejas. Las collejas de Mireia de "papi espabila que te quiero mucho". Yo también te quiero mucho, cariño.
Como dice la canción de Manuel Carrasco "Uno x uno"
Es buscarte sin saber y sentir escalofríos en el alma y en la piel.
Si te dijera lo que no se ve.
Es quererte sin tener.
Es decirte buenos días con el beso que inventé.
Cuando te pienso sonrío después.
#MireiaTeQuiero
Queremos que los hijos sean mejores que nosotros y nos esforzamos en ser su modelo a seguir. Y ellos, nuestros peques, nos imitan y quieren ser de mayores como papá o como mamá. Somos sus superhéroes y nosotros, como padres orgullosos, sacamos pecho de sus actos, de lo buenos que son estudiando, o de como juegan al fútbol o bailan o como cuentan un chiste o una poesía... Los colgamos en redes sociales o mandamos un WhatsApp o les hacemos hacer sus "monadas" en las cenas de familia o amigos.
Todo eso está bien, pero creo que nos quedamos cortos. Muy cortos y no vemos en nuestros hijos todo lo que pueden ofrecernos y enseñarnos. Nos olvidamos de aprender de su inocencia, de sus ganas de vivir, de sus risas continuas, de su bondad, de su felicidad, de relativizar casi todo, de ser verdaderos amigos y decirse las cosas como son, de su sinceridad, de sus gestos, de sus juegos, de su energía infinita, de sus enfados de solo un minuto... No aprendemos de esos besos que nos dan sin ningún motivo. ¡Qué pocos besos damos sin venir a cuento y sin motivo! No aprendemos de esos "te quiero papi" "te quiero mami" que nos dicen porque si. ¡Qué pocos te quiero decimos!
Yo era fan de mi hija. Yo era fan de Mireia pero no me fijaba en esos detalles. No me fijaba en esas enseñanzas que me daba. Y ha tenido que ser desde que el "puto bicho" la mató para darme cuenta de las enseñanzas que Mireia me estaba dando. Ahora me estoy dando cuenta de ello. Mireia, además de ser mi hija, mi niña, era una persona que me transmitía sentimientos y enseñanzas que sin darme cuenta iban calando en mi personalidad. Mireia me ha hecho ser la persona en la que me he convertido.
Mireia era feliz. Yo era feliz. Ahora no lo soy. No puedo serlo porque me falta mi motor. Sin embargo, Mireia me ayuda a seguir adelante. Cuando tengo mis momentos de bajón, que son muchos, y no sólo en las fechas señaladas, noto la colleja de Mireia.
Cada día de mi vida hay un hueco, un vacío, que me hace estar triste, solo, sin ganas de nada y Mireia me da esa colleja para que espabile. Esa colleja es una canción, una imagen, un recuerdo, o una acción o acto de muestra de cariño de toda esta gente maravillosa que me rodeáis.
Estas collejas es lo que Mireia, con su bondad, hacía cuando estaba viva. Si yo tenía un mal día, mal humor, triste, cansado...Mireia se me acercaba y me daba un besito (sabían a gloria) o bien me decía "papi, te quiero". Y con su sonrisa contagiosa, con esos ojazos llenos de amor e inocencia era un chute de energía. ¡Arriba y a por todo!
Esas muestras de amor hoy son sus collejas. Las collejas de Mireia de "papi espabila que te quiero mucho". Yo también te quiero mucho, cariño.
Como dice la canción de Manuel Carrasco "Uno x uno"
Es buscarte sin saber y sentir escalofríos en el alma y en la piel.
Si te dijera lo que no se ve.
Es quererte sin tener.
Es decirte buenos días con el beso que inventé.
Cuando te pienso sonrío después.
#MireiaTeQuiero
viernes, 23 de diciembre de 2016
Miedo
Tengo miedo. Un miedo que no puedo controlar. Un miedo que aun sabiendo que no puede ocurrir, no puedo apartarlo de mi cabeza. Es un miedo irracional e incontrolable pero que ahí está.
Tengo miedo a que se me vayan borrando los recuerdos de Mireia. Tengo miedo a que esos doce años en los que Mireia fue todo para mi, era mi yo y yo era ella, mi razón de vivir, se vayan quedando atrás para dar paso a las nuevas vivencias y nuevos recuerdos que estoy teniendo en esta nueva vida que yo no quise. Tengo miedo y esto me acojona. Miedo a que el “puto bicho” además de matar a Mireia, de arrebatarme a lo que más quiero, también me quite su pensamiento. Miedo a que algún día no pueda acordarme de su risa, de los besos que me daba, de su voz, de sus rabietas, de sus lloros, de sus te quiero, de las vacaciones, de dormir con ella, de comer, de hacer los deberes o preguntar por las notas...miedo a perder todo eso. La he perdido de una forma física y tengo miedo, mucho miedo, a que se borre de mi cabeza y perderla del todo.
Soy consciente que esto no puede pasar. ¡¡¡Imposible!!! Soy consciente que no puede ocurrir porque lo vivido con Mireia es muy fuerte. El amor que tengo por mi hija es fuerte, duro, irrompible e imposible de poder olvidarlo. Pero ese miedo está presente desde hace un tiempo. Mireia no está solo en mi cabeza y recuerdos sino que también está en mi corazón, sentimientos y en todo, o casi todo, lo que hago o dejo de hacer. Mireia sigue aquí conmigo. Me ayuda. Me da fuerzas. Pero tengo miedo. Lo sé pero tengo miedo.
Pasará este miedo. Seguro que pasará.
#MireiaTeQuiero
lunes, 14 de noviembre de 2016
Yo lloro.
Yo lloro. Claro que lloro. Es bueno llorar. Es sano llorar. Lloro
mucho. Siempre en soledad porque lo guardo para mí. Es mi momento de tristeza.
Es mi momento de pena. Es mi momento de
echar de menos a Mireia, de recordarla, de sufrir su ausencia.
Lloro cuando hablo con Mireia en mis sueños, y sin soñar. Lloro cuando le mando besos. Lloro casi
todos los días. Lloro en cualquier momento. No hay una hora fija o un determinado momento, sino que lloro cuando me apetece o me viene la lágrima. Lloro en el coche o en la moto. En el
cementerio. Cuando escucho su música y la canto con ella. No oigo a Mireia
pero si la siento. Lloro cuando veo algún comentario de apoyo en redes sociales
o en este blog. Cuando me viene un recuerdo o veo una foto de mi hija, lloro.
Lloro cuando escribo. Lloro, claro que
lloro. Lloro por Mireia. Lloro su ausencia. Lloro mi soledad.
No todos los lloros son iguales. A veces
lloro por tristeza. Otras veces es pena o de no entender lo que pasa. Lloro por
que sí. Ahora, últimamente, lloro por rabia. Esa rabia que tengo porque el "puto bicho" me
(nos) arrebató lo que más quiero (queremos). Lloro de rabia. En esos momentos
de rabia las lágrimas son como agua hirviendo que te van quemando las mejillas
mientras caen por la cara. Son lágrimas que duelen. Y cómo duelen!
Aún me cuesta
entender su ausencia. Me cuesta entender el que Mireia ya no está conmigo. Me
cuesta entender el hacer cosas que ya no hago con ella. Me cuesta entender esta
nueva "puta vida" que me toca vivir. Soy consciente que me tengo que
acostumbrar y que el tiempo irá poco a poco encaminándome a esta nueva etapa de
mi vida. Cuesta.
Lloro de emoción por toda la gente que me rodea, me
conozca o no, y me quiere. Pero es otro tipo de lágrima, una lágrima dulce,
de amor, cariño, de sentirme querido, de compañía…y esto es muy importante y reconfortante.
Ayuda mucho a seguir viviendo. Lloro
porque los que conocisteis a Mireia me demostráis lo mucho que la queréis; y
los que no la conocisteis la estáis queriendo como si la hubierais conocido de toda
la vida. Y eso es un sentimiento de cariño que me hace llorar. También
lloro por esto, claro que si. Lloro porque lleváis el nombre de Mireia, su
recuerdo y su sonrisa a cualquier acto o a cualquier lugar del mundo u
homenajes o simplemente en vuestro corazón. Lloro porque os volcáis.
Pocas veces lloro delante de
la gente. No es porque
crea que me sienta débil ni porque me hago el fuerte y el duro, que no lo soy, ni
por vergüenza. Es porque esas lágrimas las guardo para mi intimidad. Las guardo como un acto privado entre Mireia y yo.
Nuestro momento. Nuestro secreto. Y al rato Mireia me da esa colleja de “espabila papi que estoy bien”. Es entonces
cuando se me apodera una sonrisa. La sonrisa de Mireia.
Es bueno llorar. Llorar te limpia, te liberas de pesadillas,
problemas, penas, tristeza, rabia, impotencia… Hay que llorar. Yo lloro. Lloro mucho
y después de llorar me siento liberado y por eso, LLORO.
"Si cada lágrima te hace más fuerte muerde la vida con uñas y dientes" (extracto de La vida es un vals de Diego Torres)
"Si cada lágrima te hace más fuerte muerde la vida con uñas y dientes" (extracto de La vida es un vals de Diego Torres)
#MireiaTeQuiero
lunes, 10 de octubre de 2016
13 dias
A
principios de septiembre del 2015 todo era normal. Vuelta de vacaciones.
Empezar a trabajar. Los nervios de Mireia al empezar una nueva etapa, el
instituto. Lo normal.
Pero
el 8 de septiembre la normalidad se fue truncando. “Mami, he devuelto dos veces” con estas palabras de Mireia empezó
el calvario. A partir de ahí empezó la pesadilla.
El 9 de septiembre fuimos a urgencias del
Hospital Infantil porque le dolía la cabeza y se quedó ingresada en el hospital
de día hasta que se le pasó. Primeras pruebas de la meningitis. Resultado
negativo. No había rigidez del cuello. Al día siguiente, la llevamos a su
pediatra (magnifica profesional) y le realizó todo tipo de pruebas, y todo
negativo. Negativo, esa palabra clave.
Viernes 11 estaba más o menos bien. Estaba
contenta porque le había tocado con su prima Elsa y con su amiga Lucía en la
misma clase del instituto. “Papi, tú ya
no me vas a llevar hasta la puerta del insti. Quedaré con mis amigas e iré yo
andando o en bici” me decía toda nerviosa
y preadolescente total.
El sábado 12 se volvía a encontrar mal.
Mucho dolor de cabeza, sin apetito, se le dormían las manos, le molestaba todo.
Su madre y ella volvieron a subir al infantil. En la madrugada del domingo 13 la dejaron ingresada y ya no salió del
hospital. El “puto bicho” ya estaba actuando, pero a escondidas.
Empezó
el calvario, la pesadilla. Aunque cuando Mireia ingresó no nos podíamos
imaginar el trágico final. Esos 13 días no se me borran de la cabeza. Del 13 al
26 de septiembre los tengo grabados en mi cabeza. Los médicos, los partes diarios a familia
y amigos, el comer, cenar o dormir en el hospital, el estar en la habitación, las conversaciones con mi jefe y clientes…Todo en
mi cabeza. No te acuerdas de lo que has comido el día anterior pero de lo malo
sí. Es como si la cabeza no quisiera borrarlo y mantenerlo ahí.
Del domingo 13 al martes 15 los pediatras
pasaban a hacer la ronda médica y a explorar a Mireia. Y siempre, siempre, las
pruebas de la meningitis. Negativo.
Pero el dolor de cabeza no se le pasaba. El martes 15 a las 12:30 horas más
menos, volvieron a pasar el equipo médico y de nuevo las pruebas. Negativo.
Sobre las 17:30 horas la enfermera trajo el yogurt de la merienda “No me gusta. Veo algo raro en esta niña”
y fue a llamar al neuropediatra. En
menos de 4 horas la meningitis hizo acto de presencia. La rigidez de cuello era
ya brutal. Punción lumbar y a tratarla. “Ya
sabemos lo que tiene y ahora a tratarla y a esperar, además Mireia está
vacunada.”
Pues
no. Mireia fue un caso entre mil o un millón o…un caso casi único. Dentro de la
meningitis hay varios tipos: vírica, bacteriana, autoinmune, tuberculosa...
Casi todas controladas, unas malas y otras peores.
Pues
no. Mireia no daba el perfil de ninguna
y de todas a la vez. Cientos de pruebas. Todos los tratamientos posibles. Todo. El Infantil y en concreto la
UCI, hicieron todo lo posible y más por mi hija. Siempre digo que menos
huella plantar le hicieron de todo para salvar a Mireia, para saber qué “puto
bicho” tenía. Todo. Absolutamente todo. Y siempre negativo. Todas las pruebas
daban negativo.
De
infecciosos la bajaron a la UCI en la madrugada del miércoles porque uno de los
síntomas no cuadraba a médicos y enfermeras. Era un comportamiento extraño. Un
comportamiento pautado. Mireia tumbada en la cama
se incorporaba. Yo sentado en la cama junto a ella y me decía “papi, me duele”,
saludaba con la mano, se destapaba, me daba un besito, se volvía a tapar y se
tumbaba otra vez. Y así una y otra vez cada 2 minutos. Lo tengo grabado en mi cabeza, la veo y la oigo. Yo intentaba calmarla pero era imposible.
Cada
día un nuevo síntoma: perdida de la visión periférica, perdida del habla,
perdida de movilidad del lado izquierdo…mejoraba de una y empeoraba de otras. Y
todos los días buscando al “puto bicho” y éste escondido. Todas las pruebas
negativas. “No sabemos lo que tiene pero
vamos a sacarlo” nos decían en los partes médicos de las 13 horas y de las
20 horas. Confianza plena en el equipo médico. “Vamos a ponerle este tratamiento por si acaso. Mal no le va a hacer y
bien esperemos que si” Y más pruebas, otras dos punciones lumbares,
análisis, prueba de la tuberculosis por partida doble, escáner. Esta última
prueba me tenía preocupado. Tenía miedo de los resultados. Y así fue. Intuición
de padre.
24 de septiembre, cumpleaños de su mami, La
doctora nos reunió en otro despacho que no era el habitual. “Mireia está grave. No nos explicamos lo que
tiene. En el escáner hemos visto que tiene pequeños infartos cerebrales y hemos
tenido que entubarla para que el cerebro trabaje menos”. Mi pregunta, con
todo el dolor del mundo, la más dura y difícil que he hecho en mi vida fue “¿se puede morir?” “No lo sabemos pero no
podemos descartarlo. Estamos esperando y metiendo toda la prisa del mundo al
laboratorio para que nos digan que bicho tiene. Por ahora ha dado todo negativo”
La vida, el mundo empezó a ser
un verdadero asco. Una mierda. Mi niña se podía morir. Merche y yo hablamos unos
minutos y pensamos que era mejor no decir la verdad a familia y amigos.
Esperamos a ver cómo van las cosas. Es muy difícil mirar a tus padres a los
ojos y no contarles la verdad. Es por su bien. es muy duro mentir a tus amigos. Es doloroso, muy doloroso.
El viernes 25 tuvimos una buena noticia. ¡Sabíamos que “puto bicho” era! Ya podían
tratarlo con todas las armas y ganarle
la partida. Era la meningitis tuberculosa.
¡Pero
cómo podía ser que las dos pruebas de la tuberculosis hubieran dado negativo! Los
médicos no se lo explicaban, pero ya nos les importaba eso. Solo querían curar
a Mireia.
Pero el “puto bicho” había estado jugando al escondite
y se estaba riendo de todos. El “puto bicho” había hecho su trabajo y machacó
el cerebro de Mireia. El “puto bicho” ganó la partida en aquella trágicamadrugada del 26 de septiembre.
Mireia
estaba muerta cerebralmente. No se pudo hacer nada. Se intentó todo y más. Y
después de despedirnos miles de veces de Mireia (nunca suficientes) y de tomar
la decisión más dolorosa de nuestras vidas, el desentubar a nuestra hija, Mireia falleció a las 14:30
horas.
PUTO
BICHO: meningoencefalitis tuberculosa
#MireiaTeQuiero
lunes, 26 de septiembre de 2016
Un año sin ti
Hola
Mireia
Ya
sé que está todo ok como me dijiste el 28 de septiembre pasado cuando estuvimos
solos en el tanatorio. “Papi tranquilo, está todo ok”. Me lo dices cada vez que
me vengo abajo y me pongo a llorar. Lo sé cariño. Pero no puedo remediarlo.
Siempre
tan buena. Siempre preocupada por los demás y eso que solo tienes 13 añitos. Pero
no cariño, a veces no está todo ok. A los problemas diarios se me une tu
ausencia. Sé que estás a mi lado. Te noto, no sé cómo pero te noto. Me lo
repites cada vez que lloro y me pongo triste.
Te noto
al darme las collejas para decirme “vaaaaaa espabila papi que estoy aquí junto
a ti”. Lo sé. Lo sé. Pero también necesito tenerte físicamente y no solo mandar
un beso al cielo o besar tu foto. Te necesito aquí conmigo. Quiero darte ese
beso, esa caricia y ese abrazo. Quiero verte, sentirte. Quiero verte sonreír. Quiero dormir
contigo y que me des patadas. Quiero comer contigo ese arroz que decías que era
el mejor del mundo. Quiero volver a cantar contigo, estudiar, jugar, llamarte, oirte decir que me quires, rascarte… Quiero y
no puedo, salvo hacerlo en mi imaginación. Quiero que conozcas a todas estas personas que me
ayudan y que tanto me quieren y te quieren sin haberte conocido en persona. Quiero ir a jugar al pádel
contigo. Quiero. Quiero. Lo quiero!!! Te necesito aquí junto a mí.
Todo
esto ya no lo tenemos. El “puto bicho” nos lo quitó. Me faltas. Pero sabes qué?
Este fin de semana en tu I Memorial has conseguido físicamente darme un abrazo,
un beso, una caricia, hablar, animarme…a través de toda la gente que ha venido
a jugar, a verme, que me ha escrito, llamado. Me has transmitido tu “Papi
tranquilo, está todo ok” a través de ellos. Te he notado. Estabas ahí. Brutal.
Gracias
cariño. Gracias hija. Gracias Mireia. Te quiero mucho como la trucha al trucho
(como decíamos).
Ah Mire,
he llorado mucho mientras te escribía esta carta pero has vuelto a darme una
colleja. Ha hecho sonar “Tic Tac” esa canción de los Auryn que te gustaba, no
era tu preferida pero que cantábamos juntos, y he vuelto a reír al acordarme
cuando me decías “papi, quédate tú el iPad y lee la letra que yo
ya me la sé”.
#MireiaTeQuiero
miércoles, 14 de septiembre de 2016
I Memorial: Mireia, una sonrisa eterna
Para el funeral de Mireia, el28 de septiembre del 2015, quisimos una despedida llena de amor hacia ella. Quisimos
un homenaje con su música, sus peluches, su sonrisa presidiendo la sala, su camiseta de
6º D del Cortes de Aragón sobre su ataud…y sobre todo con su gente, la que la quiere y nos
quiere, para que tuviera la oportunidad de poder despedirse de Mireia. Una
despedida física.
Merche y yo
siempre hemos querido mantener la sonrisa de Mireia. Queríamos que
esa sonrisa, con la que siempre nos alegraba e iluminaba el día, fuese eterna.
Que nunca se apagase. El “puto bicho” nos privó de seguir disfrutando de la
sonrisa, de la felicidad y de toda Mireia, pero nunca nos privará de recordarla
como era y de poner en práctica todo lo que Mireia nos enseñó.
¿Qué podríamos
hacer para el primer aniversario de la muerte de Mireia? ¿Por qué no un torneo
de pádel?
El pádel, este deporte que me está ayudando, entre otras muchas cosas,
a seguir viviendo el día a día.
¡Un torneo de pádel, sí! Pero con un doble objetivo. Primero mantener
el recuerdo y la sonrisa de Mireia. Y segundo, y el más importante, que lo
recaudado fuese destinado a una organización benéfica.
Así que tengo el placer de anunciaros el “I Memorial: Mireia, una sonrisa eterna” en beneficio a la Cruz Roja
Zaragoza destinado a la compra de material escolar para los niños.
Para inscribiros podéis hacerlo llamando a Pádel Plaza
876768478 o mandando un mail a info@padelplaza.es
Si no podéis participar y queréis colaborar, hay una FILA CERO con cuenta de la Cruz Roja: ES47.2085.5217.7503.3075.2225
Si no podéis participar y queréis colaborar, hay una FILA CERO con cuenta de la Cruz Roja: ES47.2085.5217.7503.3075.2225
(En caso de que queráis que Cruz Roja emita el correspondiente Certificado de la aportación indicad en el ingreso vuestros datos personales)
Os eperamos!
GRACIAS. Gracias por
participar. Gracias por involucraros. Gracias familia y amigos. Gracias a los
patrocinadores y colaboradores. Gracias Padelante. Gracias a la Cruz Roja
Zaragoza. Gracias Merche. Gracias Mireia.

Y GRACIAS EN ESPECIAL a cuatro personas que han dibujado este precioso
cartel. Sé que no os ha sido fácil hacerlo pero lo habéis hecho con mucha ilusión
y como a vuestra amiga le hubiese gustado. Gracias Elsa. Gracias Marta. Gracias
Lucía. Gracias Ester.
#MireiaTeQuiero
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